miércoles, 30 de abril de 2014

El niño que perdió la inocencia por culpa de un Mundial


Por Sergio Martínez

Tenía 11 años. Cursaba el quinto de primaria. Yo había escuchado por mi padre y otros adultos de las glorias del futbol brasileño, de su juego mágico e imbatible.

Yo sabía de Pelé, El Rey, coronado campeón del mundo en México 70 con el pueblo volcado a su favor. Mas lo poco que recuerdo de Edson Arantes fueron sus menguadas actuaciones en el Cosmos de Estados Unidos.

Más que Rey, Pelé era un trofeo de las marcas norteamericanas, ese moreno de sonrisa bella y humilde que hubiera podido ganar la simpatía de la gente sin necesidad de ser un dotado del futbol. 

Pero decía, yo tenía 11 años. Yo sabía de la magia de Brasil, pero nunca la había visto. Era 1982, semanas previas al Mundial de España. En mi mente, revestida por la transparente imaginación de la niñez, veía las proezas de los brasileños contadas por amigos adultos y conductores de TV en un campo de ilusiones “verdeamarela”. 

Brasil ya era mi favorito aun antes de comenzar el Mundial, aun antes de verlo jugar. Los días no pasaban sin que esperara el inicio del campeonato, no para ver los juegos de la Copa, sino para contemplar al legendario “Scratch du Oro”.

Llegó la fecha de arranque. El primer partido, Argentina contra Bélgica, se convertiría en la primera gran sorpresa del Mundial. Un equipo de gauchos desganados, entre ellos el otro superdotado, Diego Armando Maradona, vieron abollado 1 a 0 su campeonato de 1978 por unos Diablos Rojos muy duros y defensivos. 

Nadie lo vio, pero un presagio ominoso cubrió a los equipos de Latinoamericana. Ninguna selección del continente había podido ganar en un Mundial europeo a excepción –por supuesto- de Brasil, en Suecia 1958, torneo en que debutó el gran Rey. 

Por fin, el día esperado arribó. Brasil iba a la cancha con jugadores que posteriormente serían las luminarias sin gloria en los anales del futbol brasileño. Zico, Sócrates, Falcao, Cerezo, Serginho, Junior, Eder y Leandro eran los más destacados de ese Brasil de 1982. 

Los cariocas enfrentaban a una selección rusa bien preparada que no acusaba miedo o precauciones al jugar contra el entonces tricampeón mundial. El partido arrancó con el despliegue ofensivo característico de los brasileños.

Sin embargo, tras dos avances vertiginosos de Zico, uno que finalizó en el desvío oportuno de Dazaev –portero que hacía recordar a Yashin, “La Araña Negra”, el legendario portero de la URSS- y otro en que dio pase a Sergiño, cuyo disparo fue también contenido por el guardameta ruso, los soviéticos sorprendieron con un golazo de Bal, en el minuto 33. El disparo de media cancha pasó entre las manos del portero Waldir Peres.        

El primer tiempo finalizó con un Brasil consternado, carente de los recursos que pudieran permitirle pensar –siquiera- en empatar el partido. Y yo me hallaba en la decepción. ¿Era este el formidable Brasil del que tanto me habían hablado? ¿Dónde estaba el juego hermoso y avasallante que lo había tornado en un equipo inmortal? En el segundo tiempo mis preguntas serían respondidas de forma más que elocuente.

Brasil reiniciaba el juego con la clara convicción de sobreponerse del golpe ruso. Sócrates, Falcao, Eder, Zico y Paulo Isidoro (jugador de cambio en el segundo tiempo), completaban su denodado esfuerzo con un virtuosismo deslumbrante. En el minuto 8, el Doctor Sócrates (auténtico doctor de profesión), se descolgó imponente de media cancha (una torre era aquel talentosísimo jugador), eludió a dos defensas rusos y soltó un cañonazo que dejó inmóvil al portero soviético. Era el gol del empate. Los 60 mil aficionados en el estadio Sánchez Pizjuán resonaron de júbilo.    

La fiesta carioca comenzó a desplegarse en cada tramo del césped, pero no sería hasta el minuto 42, tras dos peligrosos intentos de Falcao y Zico, que vendría el golazo del triunfo sobre el equipo europeo.

En un ágil recorrido por la banda derecha, Paulo Isidoro envió el balón a Falcao, quien hizo el clásico túnel brasileño para dejar el esférico a merced de Eder. El mediocampista se dio el autopase con la pierna derecha y con el balón en el aire metió un zurdazo que volvió a dejar a Dazaev con los brazos cruzados. Una potencia de disparo pocas veces igualada en la historia de los mundiales.

Brasil tenía el triunfo, pero seguía atacando a los soviéticos, en una clara fidelidad a su vocación ofensiva que deleitaba a los aficionados y aturdía a los rivales, pero que también sería –sin embargo- su talón de Aquiles. El partido culminó ante la ovación de los espectadores para ambos equipos, pero sobretodo para Brasil, que había dado lección de juego mágico, muy cerca de la mítica selección de Gerson, Rivellino, Tostao, Carlos Alberto, Clodoaldo, Pelé y otros en el Mundial de México 70.    

Luego vendrían los juegos con Escocia y Nueva Zelanda, auténticos partidos de exhibición para Brasil. Contra el primero, Eder volvería a lucir su talento. Esta vez, en lugar de la potencia fulminante, el carioca demostraría la habilidad para el toque, en un globo desde afuera del área que entraría por el ángulo izquierdo del guardameta escocés.

Zico metería su primer gol en un extraordinario tiro libre. El defensa Oscar clavaría el tercero en un cabezazo imparable. Falcao haría el cuarto y último gol del encuentro, con un disparo raso de gran calidad técnica. Escocia, que iba ganando el juego, se quedaría solo con el gol tempranero de la primera mitad.     

Contra Nueva Zelanda, los brasileños bailarían la samba a plenitud. Sería la gran noche de Zico, quien anotó dos goles en dos minutos, además de dar un pase extraordinario a Falcao para clavar el tercero. Serginho haría el cuarto. Los “taquitos”, los quiebres alucinantes de cadera, los pases de ida y vuelta, y las carreras desde el medio campo evadiendo a dos, tres, cuatro jugadores, fueron la tónica de un Brasil que cerraba con broche de oro la primera vuelta.

“Brasil juega un futbol de otro mundo”, decía la prensa española, maravillada por tener en su país a una de las mejores versiones de la selección brasileña en toda su historia, solo equiparable a la de México 70, la mítica selección de Gerson, Rivellino, Tostao, Jerzinho, Clodoaldo, Carlos Alberto y, por supuesto, Pelé. Brasil se convertía en el favorito a vencer del campeonato de España. Para mí, no existía otro motivo que me mantuviera al tanto del Mundial que ver el juego de la “verdemarela”.

El futbol de los cariocas me provocaba una alegría inmensa. Había en la magia de los brasileños una inocente necedad, un afán de jugar sin mayor recompensa que el goce del cuerpo y el espíritu. Abiertos en su esquema de juego, transparentes en su intención de jugar siempre a la ofensiva, Brasil poseía la candidez del niño que se entrega a la diversión sin pensar en el futuro.     

En lugar de la tradicional ronda de eliminación directa, la segunda etapa del torneo se dividió en 4 grupos de tres equipos cada uno. Era la primera vez que en un mundial participaban 24 selecciones. Brasil era acompañado en su grupo por Argentina e Italia. El mejor de los tres calificaría a la semifinal.

El primer partido de los cariocas fue contra la albiceste, que venía de perder 2-1 contra Italia. Los brasileños tomaron el juego con tranquilidad, y paulatinamente dominaron a una Argentina que ya venía mermada tras la derrota con los europeos.

El partido fue casi de trámite. Brasil ganó 3 a 1, gracias a las brillantes actuaciones de Zico, Junior, Falcao y Eder. Pero lo más destacado no fue el desempeño de la “verdeamarela” sino la tremenda patada de karateca que Maradona propinó al brasileño Batista. El árbitro mexicano Mario Rubio no dudo en mostrar la tarjeta roja al “Peluza”, que en ese Mundial sería recordado sólo por la infame agresión. En España, Maradona no fue ni la sombra de aquel increíble mediocampista que llevaría a su equipo a ganar la copa de 1986 en México.       

En el camino seguía Italia. Y, aunque la “Azzurra” había mejorado ante Argentina, tras calificar de panzazo en una sufrida primera vuelta, no representaba gran amenaza para un Brasil que se hallaba en la cúspide de su juego.

El partido tuvo lugar en el Estadio de Sarriá, en Barcelona, en la tarde del 2 de julio. Y el juego, que a críticos, aficionados y jugadores mismos de Brasil era un peldaño más en el ascenso a la gloria, resultó un partido tenso, ríspido, llevado al terreno del marcaje y la defensa.

Enzo Bearzot, técnico de Italia, antítesis de Tele Santana, técnico de Brasil, era un creyente fiel del “candado italiano”, el sistema de juego con que los “Azurri” habían ganado las dos copas consecutivas en la década de los treinta, bajo el gobierno de Mussolini.   

El futbol de Italia era el juego del cazador. Una escuadra que, amotinada en una dura defensa, se hallaba siempre a la espera del contragolpe letal. El cálculo y la astucia eran los principios de este sistema que ponía de lado la belleza del juego para concentrarse en el triunfo a toda costa. 

Italia comenzó ganando el partido con un gol de cabeza del “Bambino” Paolo Rossi, a la postre campeón de goleo. Brasil, contenido por un “marcaje de ladillas”, encontró nuevamente en Zico la llave del gol. El astro carioca realizó un ágil despliegue por la derecha y filtró un pase de precisión a Sócrates, quien introdujo un balón raso por el costado que protegía el experimentado Dino Zoff.  

Pero a los 25, un error de la defensa brasileña entregó el esférico a los pies del goleador italiano, quien, tocado ese día por los antiguos dioses de Roma, asestó el gol de la ventaja con un derechazo afuera del área. El primer tiempo culminó con un Brasil desesperado ante el bloque azul que a cada embate suyo destruía el “Jogo Bonito”.

El segundo tiempo continuaría bajo la misma tónica: Brasil insistente pero poco efectivo; Italia, implacable en la marca, valiéndose de las faltas innecesarias y los golpes bajos. Zico terminaría con la camiseta desgarrada por el defensa Gentile, su implacable marcador. 

Al fin, en el minuto 23, Falcao, gracias a un amague típico de la habilidad brasileira, logró burlar al defensa italiano que lo enfrentaba y lanzar un bólido a la portería de Zoff, quien estiró los brazos al límite sin ningún resultado.

Brasil recuperaba la esperanza. El empate era suficiente para calificar a la semifinal y enfrentar a Polonia. Falcao, muy cerca de las lágrimas, era abrazado por banca, cuerpo técnico y jugadores. El futbol brasileño parecía volver a cubrirse de laureles.

Y la fiesta carioca reiniciaba su danza hipnótica. Ante una Italia desconcertada, Brasil empezó a atacar con mayor vehemencia, y en dos ocasiones más estuvo cerca de una nueva anotación. Pero el cazador reorganizó sus filas, y sin volcarse al frente para buscar el gol, comenzó a aprovechar los espacios dejados atrás por un Brasil que en su mayor virtud, la de jugar siempre ofensivo, tendría su mayor debilidad.

En un contragolpe (el arma predilecta de Bearzot), los italianos consiguieron un tiro de esquina. La pelota, lanzada al centro del área, salió de una red de piernas azules y amarillas y volvió a caer en los pies de Rossi, quien de frente a la portería dio el golpe mortal.

Los minutos transcurrieron sin que la “verdeamarela” pudiera abrir el “candado” que los italianos reforzaron tras el gol que los ponía en la semifinal. El árbitro silbó el término del partido. La derrota del “Scratch du Oro” se convirtió en un hito en la historia de los mundiales. Un acontecimiento que cambiaría el rumbo del futbol brasileño y mundial. Tras el triunfo, Italia vio fortalecido su ánimo y consolidó su estilo de juego. La “Azzurra” se coronaría campeona del mundo en España 82 al ganar en la final 3-1 a los alemanes.

En tanto, yo me hallaba sumido en la tristeza y la incredulidad. A mis 11 años, no podía creer que el futbol más hermoso y alegre que había visto (experimentado) en mi corta vida fuera superado por un futbol que me parecía frío, parco, oportunista. ¿Cómo era posible que la belleza sucumbiera ante la fealdad? ¿La generosidad ante la mezquindad? ¿La inspiración ante el cálculo? ¿La inocencia ante la astucia?

Por más de 12 años padecí la decepción. Lo mismo sintieron los brasileños, quienes a partir de la derrota en España, empezaron a cuestionar la viabilidad del futbol arte y a adoptar las estrategias defensivas. En 1994, dolidos en su orgullo por lo ocurrido en el 82 y sucesivas copas, arribaron al Mundial de Estados Unidos con un rosario de grandes pancartas que sin tapujos decían “Brasil Campeón del Mundo”.          

Los cariocas ganarían ese torneo con un sistema muy parecido al que los italianos aplicaron en su contra en aquel juego fatal en Barcelona. Y la final no pudo ser más cabalística, al volver a enfrentar a Italia, equipo que mantenía la propuesta del “candado”. El partido fue soporífero y Brasil ganó en penaltis, y, aunque el triunfo remediaba un poco mi frustración, yo, fiel a la memoria del Brasil de 1982, seguí deseando que el futbol arte, el futbol mágico, el futbol niño, volviera a ganar una copa del Mundo.
Y, hasta la fecha, sigo esperando.

miércoles, 23 de abril de 2014

Denuncian falta de medicamentos, deficiencia en la atención y hasta robos en el Seguro Social de Celaya


Por Sergio Martínez Espitia

Debido al interés que despertó la crónica sobre el caso de Mauro Acosta Hernández, paciente del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), quien en enero pasado murió en las instalaciones del Hospital General no. 4 de Celaya, tras dos operaciones fallidas, y cuyos familiares se hallan en camino de interponer una denuncia por negligencia en contra de la institución, en OpiniónalPunto nos dimos a la tarea de recabar más casos y testimonios sobre el servicio del Seguro en esta ciudad.    

A continuación se presenta una serie de entrevistas cortas con derechohabientes del IMSS que amablemente ofrecieron su testimonio. Personas que por razones particulares no quisieron dar sus nombres ni detallar algunas circunstancias de sus casos.

Al final se ofrece una entrevista con Gaspar Ramírez Vargas, secretario general del sindicato de la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM) en la fábrica Gamesa, asignado a la labor de recabar y presentar las quejas de los trabajadores sobre el servicio del Seguro.  

“Los médicos deben ser más comprensivos”

A la entrada del Hospital General del IMSS, ubicado en Mutualismo y Río Lerma, a una cuadra del Bulevard Adolfo López Mateos Pte., en Celaya, lo primero que destaca es la fila constante de personas que esperan turno para solicitar en las ventanillas de la farmacia el medicamento requerido.

Cuando dichas ventanillas cierran por falta de personal o medicinas, los derechohabientes esperan sentados en una escalera de amplios peldaños bajo el alero del edificio cuya amplia sombra apenas suaviza el calor del mediodía.

Entre la gente observo a una persona de una edad entre los 25 y 28 años. Me aproximo para hacer la primera incursión, creyendo que entre más joven sea el entrevistado, más accesible se portará ante los medios.

Me presento, declaro mis intenciones. Pregunto al joven si viene a consulta o si está aquí por algún familiar internado. Le informo que puede omitir su nombre, si así lo desea. Pero él, que sigue atento a la puerta de la farmacia, solo lanza una mirada furtiva al móvil con que estoy grabando.

A punto de desistir oigo a mi derecha la voz de una mujer madura: “yo soy la enferma”, me dice en un tono que parece disculpar el silencio del joven.

De cuerpo menudo, con una estatura aproximada de 1 metro 60, actitud discreta, la señora no parecía tener el carácter extrovertido que yo buscaba entre los candidatos a una entrevista. “Él es mi hijo”, aclara.          

Repito el objetivo de mi presencia. La mujer accede a la entrevista. Originaria de San Miguel de Allende, asiste al Seguro de Celaya enviada por su doctora de consulta en aquélla ciudad. Está aquí para insistir en que reestablezcan su incapacidad de medio año que le fue dispensada por una lesión en la columna sufrida en el desempeño de su trabajo.  

De 64 años, la mujer lleva 13 trabajando como intendente en un colegio de monjas en San Miguel. Ahí, hace 3, se lastimó la espalda al cargar unas cubetas con agua. “Ya no me pude enderezar, hasta que… yo solita, poco a poco. Las religiosas solo me dijeron, ‘ponte una pomadita”.

Debido a la lesión la mujer fue internada 15 días en el Hospital de Celaya, de donde salió restablecida, pudiendo trabajar dos años más, hasta que volvió a sentir la molestia, hace relativamente un año, cuando recibió la incapacidad.   

Hace 6 meses los doctores la dieron de alta bajo el simple argumento de que “ya estaba bien”, aunque ella seguía reportando el dolor cada vez que intenta realizar sus labores. “¿Qué quieren, que venga en silla de ruedas para que me den la incapacidad?”.

La mujer cuenta que hace una semana la citaron a una junta especial con los médicos para informarle que –definitivamente- no le otorgarían la incapacidad. Sobre los dolores que aún padecía, solo dijeron que “tengo desviada la columna, pero que no me preocupe, que no es de peligro”.

La otra opción para evitar la consecuencias del trabajo es la jubilación, pero aquí halla el obstáculo de no tener la mitad de la cotización de mil 500 que le falta para cubrir la totalidad de los puntos, cosa que lograría al trabajar 10 años más. “¿Usted cree que voy a aguantar la espalda?”.

La doctora de consulta en San Miguel está en desacuerdo con la decisión, pero nada puede hacer, aunque ha tratado de ayudar a la paciente en la entrega de la pensión. La trabajadora dice que ha recibido distintas asesorías y visto a muchas personas para resolver su problema y que nadie le ha dado una respuesta concreta. “Ya perdí la esperanza”, dice, mientras vuelve a mirar la ventanilla de la farmacia.

Con el trabajo los pies se entumen –explica-, el dolor en la espalda se incrementa y actividades como cargar objetos o subir las escaleras son casi imposibles de realizar. “Los doctores deben ser más comprensivos. Todos llegamos a cierta edad en que necesitamos más ayuda. Aunque sean médicos, a ellos algún día les va a pasar”, sentencia.

“Tenemos derecho al medicamento”

De estatura mediana, tez morena, alrededor de 35 años, una mujer espera en la fila de los medicamentos. Ante la pregunta sobre el servicio del IMSS, afirma que ella no tiene ninguna queja sobre los doctores, solo respecto a las medicinas. 

“Mi hija lleva 4 años con alergia a la tierra, a los árboles, al pasto, y 13 con un problema de riñones, por ella vengo a la farmacia”. La menor necesita paracetamol y mometasona, medicamentos que con dificultad se encuentran en el Seguro. La madre calcula que en un año, durante los primeros 6 meses, estas medicinas se hallan en existencia, mientras que en los 6 restantes no. 

-¿Qué le dicen cuando no tienen el medicamento?

“Que lo compre, que es barato, pero yo les digo que no tengo porque comprarlo; como usuarios tenemos derecho al medicamento, al cuadro básico”.

Sin embargo, en algunos casos la mujer se ha visto obligada a comprar las medicinas. Para ello, consigue del personal de la ventanilla la autorización para adquirir el medicamento y cuando regresa con éste y su nota correspondiente le devuelven el dinero gastado.

Pero cuando “me pongo ruda hago que lo compren, yo no puedo quedarme sin medicamento”, dice, aunque aclara que ruda no significa que sea prepotente o grosera con el personal. El paracetamol y la mometasona  alcanzan un costo de 500 pesos cada uno en las farmacias privadas.

Ella misma, debido a una gastritis, necesita consumir omeprazol, medicina que en raras ocasiones encuentra en el Seguro, por lo que necesita realizar el procedimiento de compra y reembolso.

Le pregunto si en el IMSS existe alguna instancia donde pueda quejarse por la falta de medicinas. “Es inútil, una se puede quejar con los doctores, con la gente de la farmacia, pero nunca hacen nada”, contesta.

En cuanto a los médicos que han atendido a su hija, la mujer asegura no tener ninguna queja y siempre haber recibido una muy buena atención en el hospital, aunque explica que es necesario aprender a “llegar” con los doctores. “Hay gente que llega grosera, y si llegas grosera, pues no, no responden”.

“Nos metimos a la fuerza”

“Llegué a Urgencias el lunes a la 1 y media de la tarde con mi marido que tenía un bola aquí, en el abdomen”, comienza a decir una mujer sentada bajo la carpa que ha sido colocada a un lado de la farmacia para quienes necesiten cubrirse del sol.

Se trata de una mujer de unos 60 años que constantemente mira la puerta del hospital. Su angustia es visible. Me cuenta que su marido ingresó al área de Urgencias con un dolor muy fuerte que le impedía casi cualquier movimiento. Sin embargo, el personal de dicha área consideró que el señor no estaba grave, por lo que éste no fue atendido de manera inmediata.   

“Nos metimos a la fuerza”, afirma la mujer. Relata que, gracias al apoyo del guardia, quien comprendió su situación, pudieron entrar y ser recibidos por uno de los doctores. El médico, al ver el estado tan delicado del esposo, decidió atenderlo y dejar en espera a las personas de la lista. “Me voy echar encima a la gente –dijo-, pero esto sí es de urgencia”.

El enfermo, de 58 años, trabajador de plataforma en Pemex, fue asignado al área de internos del hospital, pero no fue hasta las 12 de la noche de ese día que consiguió ser internado formalmente. En ese momento ya le habían realizado una radiografía y un ultrasonido para determinar las causas de la molestia, pero sin muchos resultados.     

“No le habían dado nada para el dolor, ni un pinche mejoral”, dice la mujer. “Hace dos años –continúa- cuando lo operaron aquí mismo, los doctores no sabían ni de qué lo iban a operar. Uno decía que de la próstata, otro que del riñón, uno más que del apéndice. Hasta que mi marido llegó al quirófano supieron decir que era una apendicitis”.

La inflamación que afecta a su esposo se halla justamente a un lado de la cicatriz dejada por la operación. “¿Usted cree que es justo?”

Ese mismo lunes, el doctor que lo atendió había solicitado una tomografía pero el aparato no funcionaba. La mujer insistió a los encargados del área que lo repararan, sin conseguir su ayuda, hasta que consultó a la trabajadora social, quien le recomendó hablar con la “doctora Sosa”, aparentemente, una de las jefas de Administración.   

La mujer suplicó ayuda a dicha jefa, y ésta giró las órdenes correspondientes para que el aparato fuera restablecido de inmediato. El hombre por fin obtuvo su tomografía, y, de acuerdo con el doctor que la examinó, la molestia se debía a la existencia de una hernia. 

La señora cuenta que su marido ha pensado en asistir a un hospital particular, pero que lo detiene el riesgo de perder su pensión, la cual podrá recibir en solo un año.

“La verdad es que hay un mal servicio”, dice la señora, quien –sin embargo- reconoce el esfuerzo de la doctora y de la mujer del servicio social. Ésta, al recibir el agradecimiento de la esposa, respondió con justa certeza: “usted no tiene porque dar las gracias, nosotros estamos para ayudarle”. Hoy miércoles, la mujer, nerviosa, espera la nueva instrucción de los doctores.

“Seguridad debería revisar a trabajadores y médicos”

Entro al área de Urgencias. El lugar es mucho más pequeño que el área principal de acceso al hospital. Mientras la mayoría de la gente se halla sentada en el interior, algunos esperan en las escaleras de la salida. En las sillas de la hilera de la izquierda hay un hombre de alrededor de 40 años, de cuerpo enjuto.      

Me siento a su lado. Dejo claras mis intenciones. Me dice que él no viene por una urgencia sino porque del hospital lo enviaron aquí para que le revisaran una muela.

El hombre padece insuficiencia renal desde hace 13 años. Requiere la diálisis de forma constante. Hace 12, recibió el implante del riñón de un hermano, pero el órgano ya es insuficiente, por lo que el hombre fue incluido en el protocolo de espera del Hospital de Querétaro para recibir un nuevo riñón. Necesitan, entonces, comprobar si la muela tiene o no alguna infección que al llegar a la sangre pueda dificultar la inclusión del nuevo órgano.

Se queja porque fue enviado a la larga fila de Urgencias en lugar de ser canalizado directamente al dentista, pero evita hacer algún comentario sobre el servicio del IMSS, reiterando que él siempre ha sido bien atendido.

Al no lograr que responda a mis preguntas, comienzo a mezclar en la plática cuestiones personales, pero el hombre también otorga poca importancia a mis asuntos. Sigue en silencio. Yo también callo. Empiezo a mirar en el entorno en busca de otros posibles entrevistados. De pronto, el hombre reinicia la conversación con un aire de gravedad. 

-Se quejan y no son muy estrictos en la vigilancia

-¿De qué se quejan, quiénes?

-Se quejan, pero la seguridad privada no los revisa

-¿Por lo que sacan del hospital?

-Sí. Deberían revisar a todos, así sean trabajadores, directivos, médicos. El producto que sacan los mismos doctores.

-¿Con el que luego afuera hacen su negocio?

-Así es

El hombre calla. Se arremolina en el asiento. Pareciera tomar conciencia de la acusación que ha lanzado. Continúa, pero desde el principio.  “Lo que no me gusta de Urgencias es que los doctores tardan mucho en atender a un paciente y cuando terminan con un uno, se hacen tontos, no llaman rápido al otro”.

-¿Ya te ha tocado venir a Urgencias?

-Sí. Los achichincles, esos que están en práctica…

-¿Los residentes?

-Sí. Esos dicen cualquier cosa y hacen todo. El doctor se va y no los supervisan.

Vuelve a guardar silencio. Hago otras preguntas. Solo asiente o mira al suelo. Regreso a mezclar el asunto con temas personales. El hombre se hunde en sus propias ideas.

Comienzo a buscar otras opciones de entrevista en el grupo de personas que acaba de ingresar al área. “Este riñón ya no da para más, ya necesito otro”. Me percato de que la gente en la entrada se dispersa. Me levanto para intentar abordar a alguien más.

“En Nuevo Laredo hay doctores mejor preparados”

En la escalera, un hombre de estatura baja, moreno, habla con premura a una mujer que tiene la mano derecha vendada. Me acerco. Digo que soy de la prensa, explico mis motivos. El hombre me mira con recelo, pero acepta la entrevista.

-¿Usted viene por algún servicio?

-No, nada más vine con la compañera que se lastimó la mano

-¿Ha venido antes por su cuenta?

-Aquí no, en Nuevo Laredo, yo vengo de allá

-¿Cómo ve el servicio?

-Pues allá está mejor. Hay más doctores, mejor preparados, más humanos.

-¿Sí?

-Sí. Allá llegas de un choque y los doctores luego luego te atienden. Son doctores de “schock”.

-¿Será porque es frontera con Estados Unidos?

-Yo creo que sí. Allá, si no atienden a un trabajador los friegan. Las empresas para eso pagan.

-¿Las maquiladoras?

-Sí

-¿Por el seguro que pagan?

-Sí

Agrega que Nuevo Laredo es como del tamaño de Celaya, pero que allá hay dos Seguros, que en los hospitales “hay de todo”, y que cuando en la ciudad existe una emergencia los equipos de rescate de las empresas norteamericanas participan en las labores.

“Aquí (se refiere a Urgencias) las personas con dolor esperan acostadas en el piso. De la gente que viene quebrada dicen que es normal, y hasta tardan una hora en atenderla”.

Se estaciona un taxi. Abren la puerta. “Bueno, amigo, ya me voy”. El hombre ayuda a su compañera a entrar al vehículo. “También la prepotencia de los empleados”, dice, al estar dentro del auto. “Nos vemos”.   

“Necesitamos un seguro social más grande”

En la esquina de la plataforma se halla un hombre de apariencia sencilla, moreno, delgado. Me aproximo. No lo sorprende el hecho de que yo sea periodista, más aún, parece querer aprovechar el momento.

“Ah, qué bien. Mire, yo soy secretario general del sindicato de Gamesa”, afirma. Me muestra la credencial que guarda en el bolsillo de su camisa. “Yo soy el encargado de apoyar a los trabajadores en el Seguro”, aclara.

Se trata de Gaspar Ramírez Vargas, secretario de la representación sindical de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) en Gamesa, una de las fábricas más conocidas de la ciudad. Cuenta con 6 años en las filas del sindicato y trabaja en la empresa como embalador de la mercancía que sale de producción al área de venta. Hace un mes fue asignado a la asesoría de los trabajadores en lo relativo al servicio del IMSS.       

Explica que él recibe las quejas de los derechohabientes que laboran en Gamesa y de otras cuatro empresas para turnarlas al área jurídica del Seguro, donde revisan los casos y hablan sobre el asunto con los doctores responsables. Hasta el momento, dice, todas las quejas presentadas han derivado en una mejor atención al trabajador.

Entre las quejas más comunes se hallan la resistencia del personal a otorgar la debida atención, sobre todo a los usuarios que vienen de los ranchos aledaños a Celaya; las citas fechadas mucho tiempo después de que los derechohabientes las solicitan, presentándose lapsos de dilación de hasta 6 u 8 meses; y el ocultamiento o la falta de claridad de los diagnósticos. Los trabajadores presentan de 7 a 9 quejas por mes.

A diferencia del resto de los entrevistados, el secretario sabe que habla con la prensa. Permanece erguido mientras habla, levanta el puño cada vez que menciona la ayuda del sindicato, y aprovecha las pausas de su declaración para reconocer el trabajo de su jefe, el presidente del organismo. En una modulación deliberada de la voz, recalca: “la función del Seguro Social es informar bien a la gente sobre lo que tiene”.

Cuenta el caso de una trabajadora que por hallarse distraída mientras hablaba por el celular, metió la mano en un rodillo de la cadena de producción. El accidente causó la fractura de la muñeca derecha de la mujer. “Hace rato me habló –explica Ramírez-. Ya la operaron, pero quedó mal, el hueso quedó desviado, pero ya tiene cita en el quirófano el lunes a las 8 de la mañana”.  

El secretario agrega que Gamesa ha calculado en medio millón de pesos las pérdidas generadas cuando la producción se detiene a causa de un accidente, como sucedió con la trabajadora. Por ello, los directivos han comenzado a revisar las condiciones que crean este tipo de percances, checan las videograbaciones de la fábrica y llaman a reuniones con las áreas involucradas para definir las acciones que puedan reforzar la seguridad.   

Denuncia que desde hace uno o dos meses los trabajadores han reportado un incremento no previsto de las cuotas del salario al Seguro Social. “Estaban aportando de 56 a 60 pesos, pero en el recibo del salario más reciente viene una cuota de 99 pesos.

"Esto lo vamos a denunciar el 1 de mayo. Porque si van a aumentar las cuotas, necesitamos que den un mejor servicio. Necesitamos ya, otro Seguro Social en Celaya”, remata, en señal de que él ha terminado.

-Ya me tengo que ir

-Dame tu teléfono

El hombre duda por un instante.

-Es para que los trabajadores te hablen si se les ofrece

-4614213699

-Gracias

El entrevistado se retira. Yo, dando media vuelta, me dirijo a la salida del hospital.

viernes, 28 de marzo de 2014

El fanatismo futbolero inducido por las televisoras, raíz de la violencia en los estadios


Por Sergio Martínez Espitia

 

El jueves se aprobó en el Congreso el endurecimiento de la Ley General de Cultura Física y Deporte en contra de quienes participen en actos de agresión realizados en eventos deportivos. Los delitos de “violencia en el deporte” -nueva figura incluida en la Ley- se castigarán con la prohibición del acceso a los estadios y condenas de 3 meses a 6 años.

Aunque las nuevas sanciones eran inevitables después de la golpiza que la barra de las Chivas diera a varios policías locales, los agregados a la Ley adolecen de la misma visión superficial que ha imperado en las leyes de los recientes años para frenar la violencia del crimen organizado.


Los diputados siguen olvidando las causas de orden político, social y económico en el diseño de las leyes, para castigar solo a los sujetos implicados directamente en la comisión del delito y no a otros actores que también pueden ser responsables en la medida en que generan el entorno anímico y social que influye en la aparición de la violencia.
      

Nos referimos, por supuesto, en el caso del futbol, a las dos grandes televisoras del país. Comerciales, programas de entretenimiento y transmisión puntual de cada uno de los juegos, diariamente y en distintos horarios, ha sido la línea principal de la barra televisiva durante los últimos 40 años en México. La atención extrema en este deporte y sus derivados ha alcanzado alturas demenciales.    


La publicidad en el futbol, que es legítima en cuanto que promueve el consumo de un producto como cualquier otro, se ha deslizado peligrosamente hacia la propaganda, que, a diferencia de la primera, induce en el receptor a crear enemigos externos en la defensa de una causa grupal que anula o dirige las decisiones del individuo.


El fanatismo es una de sus consecuencias más perniciosas. El sujeto cree que debe “pelear” por la idea o la insignia a la que se adhiere con pasión, a costa –incluso- de su vida y la de quien para él representa al “enemigo”. Esta conducta no solo se manifiesta en la violencia física sino también en actitudes y acciones que parecieran inofensivas a primera vista. 


En el futbol, el fanatismo, además de expresarse en las riñas protagonizadas por las barras, también se observa en el excesivo tiempo que muchos mexicanos dedican a ver, leer y escuchar de este deporte en su tiempo total reservado al ocio; en el consumismo por todo aquello relativo al futbol; en las bizarras demostraciones de apoyo de los aficionados, expresiones singulares del ridículo o lo grotesco; en la creencia seudoreligiosa de que la selección mexicana se halla destinada a ser campeona del mundo, aunque los tristes hechos pongan al equipo cada vez más lejos de la gran aspiración; y, en la reacción fanática de quienes acusan de apátridas –de manera velada o directa- a los pocos que se atreven a cuestionar el dogma mediático (la grandeza de la selección), cuando, en el centro de la euforia verde, dicen, tímidamente: “para qué tanto escándalo, si siempre pierden”.             




Es función del Estado vigilar y sancionar las estrategias de comunicación que pudieran lesionar los derechos de los ciudadanos o tener efectos de carácter psicológico en detrimento de la paz y la armonía social. Pero pedir esto, bajo la actual preponderancia de Televisa en el gobierno federal, es más que pedir peras al olmo… es pedir, aunque sea un retoño, a un árbol viejo y podrido.

lunes, 10 de marzo de 2014

El incómodo silencio de Cárdenas ante las víctimas de Michoacán


Por Sergio Martínez Espitia.-

En el momento de escribir estas líneas el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas acaba de ser extraído del museo de los olvidados, en el mitin que encabeza en el Zócalo con el fin de protestar –muy fuera del tiempo humano pero aún dentro del político- contra una reforma energética que, ay, cinismo nacional, fue aprobada, en lo oscuro del Congreso, por algunos de esos políticos que lo circundan en el estrado.

Pero esta contradicción, disimulada por la causa común, no perturba su rostro de cantera tallada. Después de todo, hace tiempo que el ingeniero “guarda distancia” del PRD, partido que lo desplazó de la candidatura a la presidencia en 2006 y por el que aún siente despecho: el padre fundador que cifró la decisión de sus hijos políticos como una traición a su destino inquebrantable de ser presidente.   

No. Cuauhtémoc Cárdenas alza la barba, exhibe una seriedad superior, mira a lo alto, respira profundo, y en su porte de grave estadista pareciera cubrir con sucinta imaginación los huecos de la gran plaza con las masas que, agitadas en el 88, estaban ahí, de distinto modo y en diferente circunstancia, a la espera de que él llamara a desconocer los resultados electorales, a convocar a nuevas elecciones, a impulsar un gobierno interino, a incentivar la organización de los ciudadanos, a derrocar, de una vez por todas, a la dictadura del Partido Único (¿recuerdan la frase?).

No. El ingeniero permaneció entonces casi como lo hace ahora en la actual escena política, impávido, mudo, sin escuchar los lamentos de sus paisanos, víctimas de la violencia en Michoacán, la tierra que en aquel 88 lo bañó en votos y le ofreció sus brazos en la lucha contra el gobierno.

Cárdenas, en aquel momento crucial, después de que la presidencia –que tanto anhelaba- le era prácticamente arrebatada, fundó el Partido de la Revolución Democrática, y se apegó al juego del sistema, al principio de la vía electoral para arribar al poder. Caro ha cobrado el tiempo la extraña decisión del ingeniero, quien no avizoró –y si lo hizo no quiso ver nada- la puerta de una sublevación que llevaría el estandarte de su padre, el general Lázaro Cárdenas. (Muchos abuelos del cardenismo de los treinta aún vivían, y animaban a las nuevas generaciones a seguir a Cuauhtémoc).

En aquel año, la mayor excusa de Cárdenas para no llamar a la desobediencia civil fue el riesgo de causar “un derramamiento de sangre” que la nación “no soportaría”, sin embargo, a casi tres décadas de ese acto de “heroísmo” que evitó tamaña catástrofe el país se ha bañado en la sangre inútil de la delincuencia organizada durante los últimos 8 años, especialmente en Michoacán, donde el PRD halló un caudal interminable de votos y recursos.    

Y Cárdenas calla, calla ante el conflicto que divide y desgarra al estado que alguna vez él gobernó siendo un integrante destacado del PRI (1980-86).

Las autodefensas michoacanas no han merecido de él una sola palabra no ya de respaldo sino de mera comprensión por esta gente que, atrapada entre la espada y la pared, ha debido tender una mano a Dios y otra al Diablo para combatir la criminal depredación de los Templarios.

Y qué lejos se halla el PRD del organismo político que él fundara en la década de los ochenta, si bien institucional, imbuido sin concesiones del ideal de luchar por un México más justo y democrático. Qué distintos aquellos líderes y militantes del partido que en numerosas ocasiones arriesgaron su vida (se habla de 600 perredistas asesinados en el sexenio de Salinas, 300 de ellos en el estado sureño). Qué distinta aquella dirigencia cuyas decisiones emanaban de las asambleas populares; qué diferente a la actual, abiertamente rapaz, sinvergüenza, traidora. 

Pero Cuauhtémoc sigue incólume, altivo ante la muchedumbre, rodeado de la estructura infame de ese partido que –sin duda- también es responsable de la violencia y el poder del crimen en Michoacán.    

Diez años bastaron al Cártel de la Familia, ahora Los Caballeros Templarios, para imponer su ley. Los mismos diez años que gobernó el PRD en la entidad (seis de éstos siendo gobernador el hijo del ingeniero). El mismo lapso de tiempo que las autodefensas dicen haber sufrido el terror del crimen organizado.


Pero no. Cuauhtémoc ni siquiera da una señal de condolencia por los cientos de hombres, mujeres y niños que han muerto a manos de los criminales, vidas que él mismo tanto quiso proteger del atroz derramamiento de sangre que finalmente no pudo evitar y que ahora no quiere ver.



martes, 28 de enero de 2014

Alarmante caso de negligencia en el Seguro Social de Celaya. Tardanzas y omisiones causan muerte de paciente.

Sergio Martínez Espitia.-

Un caso más de negligencia se suma a la larga lista de los ocurridos diariamente en el Hospital General del IMSS no. 4 de Celaya, Gto. Esta vez se trata del paciente Mauro Acosta Hernández, de 38 años, originario de esta ciudad, quien, después de una innecesaria intervención quirúrgica que agravó su estado, murió el pasado 17 de enero.  

Un rosario de anomalías

Mauro Acosta, quien padecía anemia hemolítica desde hacía dos años, ingresa a dicho hospital en la primera semana de octubre de 2013 por una supuesta infección en los riñones. Sin embargo, al segundo día de su estancia, una médico pasante cambia el diagnóstico por el de un padecimiento en la vesícula. Ante el nuevo dictamen, Mauro es preparado para una cirugía.

Las enfermeras que lo atienden dejan de alimentarlo bajo este pretexto pero sin tener una fecha precisa de operación. Así pasan dos días sin que el paciente coma ni sea alimentado vía intravenosa, cuando –de acuerdo con los protocolos establecidos- para una persona resultan suficientes de 8 a 12 horas sin ingerir alimentos antes de una operación.  

Además, debido a su problema de anemia, Mauro no podía dejar de comer por largos periodos, una circunstancia que –al parecer- el personal médico no tomó en cuenta.

El día martes, tres días después de la hospitalización, Mauro sigue sin tener fecha para el quirófano y tampoco ha sido visitado por un médico de cabecera. Verónica Acosta, hermana del paciente, acude con el mismo subdirector del instituto para pedirle que gire las órdenes correspondientes.

Es entonces que el enfermo recibe la visita del anestesiólogo, quien advierte sobre el riesgo de que Mauro ingrese a Terapia Intensiva después de la intervención debido a que presenta un alto nivel de oxígeno. No obstante, el médico que en ese momento observa al paciente afirma que la operación es urgente porque existe el peligro de que la vesícula estalle. 

Finalmente, Mauro ingresa al quirófano, y, en efecto, tras la intervención se halla en una situación aún más delicada de la que padecía antes de ser operado. El médico que realiza la cirugía, y quien no conoce ni ha checado previamente al enfermo, confiesa a Verónica que su hermano no ameritaba una operación de la vesícula, pero Mauro, ya con el pulmón izquierdo colapsado, se encuentra en cuidados intensivos.

Para colmo, en el lugar no había ni cama disponible ni aparato para facilitar la respiración del paciente, y sus familiares tienen que ir nuevamente con el subdirector para que éste vuelva a pedir al personal que haga su trabajo. Al enfermo se le realiza una traqueotomía y es entubado a la máquina.

Debido al problema del pulmón, Mauro recibe tres incisiones en los costados para extraer el líquido pleural y requiere –de inmediato- la consulta de un neumólogo, sin embargo, en el Hospital no. 4 de Celaya no existe ni uno solo de estos especialistas. Los parientes recurren a un neumólogo privado. 

El doctor, en reunión con los médicos del IMSS, instruye que el paciente sea nuevamente intervenido, pero esta vez de los pulmones. Dicha operación tenía que llevarse a cabo en León, debido a que en la clínica de Celaya no cuentan con el equipo necesario para hacerla.

Sin embargo, las dilaciones en el servicio vuelven a suceder. Siendo la intervención de carácter urgente, transcurre casi una semana sin que llegue la respuesta a la solicitud enviada a la clínica de León. Otra vez, Verónica y familiares acuden al subdirector para que comience a agilizar los trámites.    

Por fin, Mauro es trasladado a aquella ciudad, pero los doctores de ahí dictaminan que el líquido del pulmón está casi drenado y deciden no proceder con la operación. El mismo día de su arribo a León el paciente regresa a Celaya.  

De nueva cuenta en Terapia Intensiva, Mauro empeora bajo un cuadro de vómito constante y precaria movilidad, y a la semana es enviado por segunda vez a León, pero esta vez sí es atendido y de forma exitosa. En el transcurso de 4 a 6 días el paciente exhibe una recuperación increíble. 

A finales de noviembre, Mauro regresa a Celaya, directamente a su casa, sin necesidad de volver a ser hospitalizado, y bajo una condición estable. El enfermo parece salir de la pesadilla y recobrar la esperanza.   

La muerte no importa en el IMSS

Tras varios días de relativa calma, el hoy occiso comienza a sufrir temblores y fiebre constante de 39 grados. El 9 de diciembre es examinado en Urgencias del Seguro y ese mismo día vuelve a ser hospitalizado para permanecer en observación médica hasta que la fiebre disminuya.

El 17 diciembre, el neurólogo asignado a su caso le diagnostica tuberculosis en el cerebro. Ante el cuestionamiento de los familiares por la sorpresiva enfermedad, que no había sido detectada en los casi dos meses de la última hospitalización, el doctor afirma que seguramente Mauro la contrajo en Terapia Intensiva, debido a la cantidad de antibióticos que consumió y cuyos efectos provocaron una baja en el sistema inmunológico. ¡Una enfermedad contraída en el mismo hospital!

La tomografía que se realiza con base en este diagnóstico muestra lesiones profundas en ambos hemisferios e inflamación de masa encefálica. El médico, sin tener claro el origen en el organismo de este cuadro de tuberculosis, receta al paciente tres antibióticos “muy fuertes” para “matar todo”, hongos, bacterias y virus.

A pesar de una mejora en su condición, Mauro sigue teniendo fiebre y temblores, por lo que Verónica decide solicitar la opinión de un neurólogo privado, quien tras revisar el expediente del enfermo, diagnostica posible neurosida y sugiere realizar una resonancia magnética. 

El médico del IMSS rechaza este dictamen y pronostica hidrocefalia, además de mandar hacer una extracción del líquido de la columna vertebral, cuyo análisis confirma la existencia de la tuberculosis.

Mauro muestra poca movilidad y empieza a tener convulsiones. El médico decide que el paciente debe ser operado del cerebro para extraer el líquido acumulado en ambos hemisferios.  El neurocirujano dilata la operación hasta que el subdirector –presionado otra vez por los familiares- le ordena realizarla. El 2 de enero Mauro es intervenido, pero el doctor que lo opera previene una escasa mejoría. 

En ausencia del médico titular -cuyo contrato había finalizado el primero de ese mes- el paciente espera hasta una semana para que un nuevo médico le sea asignado. Es entonces que asume la responsabilidad el doctor Murillo, quien, según testimonio de los parientes, resulta ser el más negligente de todos los que vieron a Mauro, ya que se presenta en Terapia Intensiva hasta varios días después de ser asignado y lo único que dice es que el paciente “está muy mal”.

Tras la intervención era requerida la presencia de un infectólogo y una tomografía que solo en León podía realizarse, pero las dilaciones -en parte por este médico- vuelven a ocurrir. La hermana de Mauro envía el 14 de enero una carta al director del hospital donde pide cubrir estas necesidades a la brevedad posible. La petición nunca es respondida.        

En la mañana del 17 Mauro se halla completamente paralizado, sin embargo, el doctor Murillo, quien lo visita de forma inesperada, dice a los familiares que su pariente se encuentra mejor, cosa que a una cuñada le parece una mentira calculada, porque a las 19:30 horas de aquel día Mauro muere tras una larga agonía.

En el acta de defunción solo se apunta que el paciente fallece tras “múltiples fallas orgánicas” y que las posibles causas del deceso son la tuberculosis y la anemia hemolítica, pero nunca se refieren las circunstancias particulares que en ese momento pudieron provocar la muerte de Mauro. Los parientes deciden no solicitar la autopsia.


Actualmente, la familia integra la denuncia que presentará ante las autoridades competentes por presunta negligencia médica en el servicio otorgado al paciente Mauro Acosta Hernández en el Hospital no. 4 del IMSS de Celaya, Gto. Para ello se ha solicitado al área jurídica de esta clínica el expediente médico. Por supuesto, los familiares esperan que en dicho documento se omitan los factores de negligencia que en buena medida causaron la pérdida de Mauro, como la tardanza, las omisiones y la ineptitud de los médicos y las enfermeras retratados en esta crónica. 

*Por petición de los familiares se omitieron los nombres de autoridades y algunos médicos. 
*Si quieres denunciar algún caso manda un mensaje a sergiomaes@hotmail para concertar cita o preparar nota por intercambio en las redes.