jueves, 14 de febrero de 2013

La explosión de gas sin fuego: el retorno del surrealismo

Sergio Martínez Espitia.-
 
El legendario artista francés André Breton (1896-1966) acuñó la frase que daría sello de identidad a nuestro país: “México es el lugar surrealista por excelencia”. El poeta galo fundaba su conclusión en la capacidad del mexicano para reunir los polos opuestos de la vida en una sorprendente unidad de color, suntuosidad y misterio.

 
Es conocida la admiración de Breton por la obra de Guadalupe Posada, cuyas vívidas calaveras, muertos andantes llenos de vigor, reflejan la desconcertante fatalidad del individuo que, felizmente, se obstina en su curso a sabiendas de que la muerte está a la vuelta de la esquina, o de que ella misma, incluso, es quien lo lleva de la mano a su fracaso inevitable, en medio de duras carcajadas y potentes gritos de agonía.  

 
Luis Buñuel, el surrealista más destacado en el cine, en su película “Los Olvidados”, al exponer la vida atroz de los niños marginados en la ciudad de México, supera, o mejor dicho, se sumerge a tal grado en esa realidad que la transforma en una auténtica pesadilla del abandono y la desilusión, casi imposible de creer si la marginación no ha sido sufrida en carne propia. 

 
Por algunos testigos se sabe que la actriz Dolores del Río regañó al cineasta después de la premier del filme por considerar una absoluta mentira el hecho de que una madre mexicana negara la comida a uno de sus hijos, en una de las escenas, sin embargo, menos desafiantes de la película.

 
En la vida política el PRI representó esa parte surrealista de nuestra cultura. Un partido con el poder absoluto que celebraba fastuosas elecciones sin competidores visibles. Un partido revolucionario e institucional, una unidad insólita de movimiento incesante y fijeza artrítica. Un partido que salió de la presidencia en medio del hartazgo social y que ha regresado a ella mediante el apoyo de esa misma mayoría que antaño lo repudiaba, amén de las triquiñuelas usadas habitualmente.

 
Hoy, situados otra vez donde mejor se sienten, los priistas regresan a ese lenguaje contradictorio revestido de tono mesurado y corrección política. “Una explosión de gas sin fuego”, es la expresión de un contrasentido que en su propósito de develar el misterio no hace más que acrecentarlo, tal como querían los surrealistas a través de la fusión de símbolos opuestos.     

 
Porque si el presunto gas acumulado en el edificio B2 de Pemex estalló sin el factor que precisamente lo hace entrar en combustión, o, más insólito aún, si explotó debido a una “lámpara” o “chispa” sin presentar emisión de fuego alguno, en una suerte de fenómeno natural inédito -propio de aquellas películas que solo valen la pena por sus increíbles efectos digitales- la proposición solo consigue incentivar el misterio sobre las causas del siniestro hasta disolverse en su propia ficción, poniendo al desnudo los trozos de una verdad soslayada.   

 
Y así, al negar la causa más probable del estallido que surge al caer el velo de la ilusión, es decir, la presencia de un artefacto explosivo (el cual sí puede crear una onda expansiva de destrucción sin producir fuego), el PRI toca una de las claves del código surrealista: la negación de un hecho es en realidad la afirmación del mismo. “El arte es una mentira para decir una verdad”, decía Pablo Picasso, hermano generacional de Breton.

 
Pero el surrealismo del PRI no guarda intenciones estéticas ni busca la verdad por medio de metáforas que cimbren la imaginación. El PRI solo quiere convencer de sus sin sentidos a una sociedad acostumbrada tanto a vivir en el absurdo de la descomposición sistemática del gobierno que a estas alturas difícilmente atina a separar la verdad de la mentira.

 
Y al igual que los surrealistas, quienes gustaban de llegar al extremo y causar el paroxismo del público, el PRI no se detendrá en justificar la explosión de gas sin fuego sino hasta el punto de relegar la explicación científica y arribar a una de tipo esotérico, descabellada, muy próxima –no obstante- a las percepciones de una población que aún gusta de creer en el actual presidente solo porque es “guapo” o en que con el PRI “habrá más lana” porque -dicen- roba, pero deja robar.

 
Un surrealismo muy diferente del que Dalí y Buñuel nos dieron una muestra en “El Perro Andaluz”. La asociación de la luna llena divida por el tajo de una nube sombría y el corte transversal a navaja de un ojo, produce un inefable goce estético en aquellos que aún conservan su sensibilidad intacta y que también –sin duda- sentirán, ante la conclusión del PRI sobre la tragedia del 31 de enero, un intolerable y continuo displacer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario