lunes, 20 de enero de 2014

Los infartos de Obrador y la agonía de la izquierda

Por Sergio Martínez Espitia

Los dos infartos sufridos por Manuel López Obrador no pudieron simbolizar de mejor manera la agonía de la izquierda predominante en México.

Por un lado, la cúpula del PRD, que en un acto de abierta hipocresía se declaró en contra de la reforma energética mientras una facción de sus senadores era pieza clave en la táctica de Beltrones para modificar los artículos constitucionales.

Por otra parte, la izquierda encabezada por el tabasqueño, que, al margen de representar el último reducto del nacionalismo y la defensa de los intereses populares, ha pecado de retrógada en el diseño de las estrategias que supuestamente la llevarían al poder.

Los bemoles del obradorismo

Obrador es parte de una vieja clase política cegada por una especie de ideología supersticiosa que sostuvo siempre la extraña creencia en un “poder popular” que le abriría de par en par la puerta de Los Pinos.

Proveniente del PRI, esta izquierda trasnochada heredó la idea demagógica de que el “pueblo”, imbuido de una inexplicable “fuerza sobrenatural”, “lo podía todo”, incluso, derrotar a los mismos grupos económicos y políticos (ellos sí, con verdadero poder) que lo han reducido a una simple mercancía electoral.     

Este dogma se expresó con mayor claridad en los comicios presidenciales de 2006. Ante el embate de la campaña de desprestigio, Obrador insistía en que el “pueblo no se dejaría engañar”, que el “pueblo sabía quién era quien”, por lo que decidió no responder a las calumnias fabricadas por Vicente Fox y sus colaboradores.  

Pero la ausencia de una contracampaña informativa propició que una parte sustancial del electorado diera por ciertas las acusaciones y decidiera votar por la continuidad de la presidencia panista.

La poca importancia que Obrador dio a la influencia de los medios en la orientación del voto reflejó otra cara de la izquierda: la ignorancia en torno del poder de la información mediática sobre la conciencia y la conducta, en un mundo interconectado y multicultural, donde los medios tienen un papel decisivo en la relación de los gobiernos con sus ciudadanos.     

El tabasqueño se hallaba atrapado en la ilusión de ser ya presidente por designio popular. Su rostro desencajado en la conferencia que ofreció después de que el IFE diera los resultados expresaba la turbación de quien sale de una fantasía para volver abruptamente a la realidad.

Sus seguidores y él mismo acusaron -con pocas pruebas- que la presidencia había sido robada en descampado. Cierto que las elecciones fueron desaseadas (como la mayoría de las elecciones presidenciales en la historia del país), sin embargo, aquí, como en el resto de las actividades humanas, el sentido común se impone: si el adversario es mayor en fuerza resulta ingenuo permitirle crecer aún más a costa de las propias debilidades.   

Porque precisamente esto hicieron Televisa y Vicente Fox. Los publicistas contratados por el presidente parecían seguir a pie juntillas los principios de la propaganda de Adolfo Hitler, consistentes en maximizar los defectos de carácter presentados por el adversario.

Los sopts televisivos en contra del candidato perredista destacaban de éste su actitud rijosa hacia sus competidores, de tal modo que la polarización del electorado, que Obrador había propiciado en su beneficio, comenzó a revertirse en su contra.

Es claro que el equipo de Obrador nunca advirtió esta maniobra, carentes de la preparación necesaria para descubrir las tácticas de esta propaganda beligerante. Luego vendría la caricatura del presidente legítimo, que, para las huestes amarillas, sirvió de consuelo ante la derrota, mientras que el resto de la población permaneció atónita frente al hecho.

Además de constituir un acto fuera de proporción, sin ninguna eficacia política, la charada de la presidencia legítima expresó el acendrado culto a la personalidad que prevalece en la izquierda, otro vicio heredado del PRI.

Si algo ha distinguido al tabasqueño es la focalización de su proyecto social en su persona. Pareciera que todo el programa político de la izquierda desaparecería con tan solo excluir del mismo a López Obrador. Una clara muestra de ello fue el menguado poder de convocatoria que exhibió Morena en las protestas contra la reforma energética tras la ausencia de su líder que aún se hallaba convaleciente.

No en balde sus detractores lo han calificado de mesiánico. Una perniciosa costumbre que ha causado el rechazo del electorado más escéptico o del que posee una visión moderna de la política.    

Y este culto a la personalidad exhibe su concomitante más arcaico: el fanatismo. Las expresiones de apoyo incondicional al tabasqueño, acompañadas no pocas veces de una actitud irascible, o de una negación constante hacia la autocrítica, se asemejan a las posturas de quienes hace 20 o 30 años desechaban -cual si se tratara de pequeñeces- las atrocidades de las purgas soviéticas o de las persecuciones maoístas que se hacían en nombre de un comunismo “redentor”. (Una observación que Albert Camus hizo en la década de los sesenta, no sin ser vilipendiado por la izquierda de la Europa Occidental).

Fanatismo y culto a la personalidad, vicios comprados al PRI y al viejo socialismo de la guerra fría, han cancelado la discusión interna en una izquierda que se ufana de impulsar la participación de los ciudadanos y la libertad de expresión. Cuán necesaria era la autocrítica del PRD en 2006 con el objeto de replantear la estrategia de comunicación en vista de la campaña sucia desatada desde la oficina presidencial, en lugar de cruzarse de brazos y confiar ciegamente en el aura mística de su candidato.    

Posiblemente, los obradoristas refutarán que no importaban cuántas correcciones hicieran en la campaña por el hecho de que los poderes fácticos habían decidido no permitir –bajo cualquier medio- el ascenso del Sol Azteca al poder central, sin embargo, en las elecciones de 2012, el mismo Obrador demostró tener una mediana conciencia de sus errores de 6 años atrás.

En los últimos comicios presidenciales resultó evidente que el tabasqueño adoptó un discurso mucho más conciliador con los grupos de poder y una imagen personal suavizada por cierto decoro observado con frecuencia en los candidatos del PAN y el PRI.        

Asimismo, la emergencia del “YoSoy132” durante aquellas elecciones vino a confirmar el atraso del perredismo en el empleo de las nuevas tecnologías de la información.

Los jóvenes estudiantes, la llamada “generación de la Internet”, agrupados en dicho movimiento, lograron casi emparejar al tabasqueño con el puntero de la competencia, Enrique Peña Nieto, empleando de ariete a las redes sociales, cuando el equipo de Obrador, formado en la prensa tradicional, ni siquiera se había planteado el uso de este medio como un potenciador clave de la campaña.   

Por otra parte, la cerrazón obradorista ha impedido al PRD plantear una política de alianzas con otras fuerzas sociales y económicas que pudieran robustecer a su candidato y debilitar el embate de los poderes fácticos. Sin embargo, el solo hecho de mencionar esta posibilidad despierta la indignación de quienes asumen la causa del tabasqueño como si su “pureza de espíritu” quedara manchada por el pecado de incluir a quienes piensan diferente.   

Y ahora, qué tal, la cúpula del PRD, la misma que en numerosas ocasiones ha marchado en las calles con Obrador, respaldó en la sombra a los “pecadores más grandes de la historia”, a quienes han dado la vuelta de tuerca definitiva en favor de las trasnacionales petroleras y los intereses del sistema financiero mundial.

Es conocido el rumor de que Carlos Slim (gran poder fáctico contra el cual solo puede competir el grupo Televisa) apoya al tabasqueño, pero en la práctica, este respaldo no se ha manifestado ni en la economía de las campañas ni en las ideas políticas del obradorismo. Resulta sencillo imaginar qué diferente hubiese sido el destino de Obrador si contara realmente con el impulso de semejante multimillonario.  

Los obradoristas dirán que hacer una campaña bajo los axiomas de la publicidad, o tener una alianza con los poderes reales del país, conduciría a un pragmatismo inaceptable. Pero, ¿acaso el sistema electoral no es en parte una forma del pragmatismo orientado principalmente a obtener el poder?

Esta izquierda (la partidista, la institucional) tomó la decisión histórica de llegar a la presidencia a través de las elecciones y abandonó con ello otras vías, como la lucha armada, sin entender el uso de las herramientas teóricas y materiales de la comunicación moderna y la necesidad de asumir una visión política que incluyese a las clases sociales no integradas en las ideologías socialistas.      
     
Los partidos de esta tendencia en Sudamérica y Europa sí comprendieron el imperativo de modificar principios y estrategias, y ahí están, gobernando por periodos sucesivos y con resultados alentadores.

Epitafio para una izquierda autoderrotada

Ahora, en medio de un país con instituciones políticas y sociales sumidas en la corrupción y en la complicidad con el crimen organizado, la izquierda se encuentra con que la peor de sus pesadillas, la privatización de los recursos energéticos, es un hecho consumado.

Y cual si fuera un sueño tardío, la anhelada coincidencia de metas entre Cuauhtémoc Cárdenas, López Obrador y la presidencia del PRD, se realiza con el objetivo de llamar a una consulta ciudadana que eche atrás la reforma del petróleo y la electricidad.  

Pero el nuevo plan de la izquierda “unida”, que con esto pretende ser heroica, vuelve –otra vez- a ser necia y oportunista: de acuerdo con la reciente ley sobre la consulta popular, ésta no procede en los asuntos de materia constitucional (la reforma energética cabe en este orden) y tampoco es revocatoria, por tanto, la iniciativa de Obrador y compañía parece más un deseo por avivar la inconformidad ante la reforma con miras a las elecciones de 2018 que una acción concreta con resultados futuros a nivel legislativo.   
       
Por ello, la iniciativa de la consulta podría atorarse en la Suprema Corte, organismo que debe aprobar el desarrollo de este tipo de eventos; incluso, si la consulta se llevara a cabo, se requeriría del 40% de los votos contra la privatización de la energía para poder pensar no en una revocación sino en una nueva legislación sobre el tema, aunque restaría el obstáculo de que la consulta popular no es posible cuando se trata de una ley que debe votarse en las legislaturas estatales, como es el caso en cuestión, según la reciente ley sobre el particular.

Y quizá ni siquiera el 40% de los votos puedan obtenerse, debido a la propaganda que seguramente en contra de la consulta llevarán a cabo los grandes medios de comunicación, o, sobre todo, por el sentimiento de derrota que embarga a la mayoría de la población que ya no ve ninguna salida a la situación del país y que cree, no sin razón, en la inutilidad de cualquier acción partidista que pretenda cambiar este orden de cosas.

Este escenario hipotético (la insuficiencia de votos contra la reforma), sería un resultado imposible de aceptar para Obrador, quien, condicionado por el sabor amargo de los fracasos, y viéndose nuevamente confrontado con los poderes mediáticos y el Instituto Nacional de Elecciones (el nuevo organismo que organizaría la consulta), no dudaría ni por un momento en volver a gritar ante un Zócalo repleto: “¡fraude, fraude, fraude!”.


En sus consecuentes derrotas, Obrador, equipo y seguidores, se asemejan al técnico, jugadores y aficionados de la selección mexicana, quienes, en su afán desmedido por ser campeones del mundo, olvidaron siempre hacer la preparación adecuada y terminaron vencidos, azorados, bajo la absurda creencia de ser campeones sin corona, o, en el caso de los primeros, presidentes “legítimos” sin ningún país que gobernar. 

1 comentario:

  1. La foto, y todas las líneas son una contradicción, pero tienes razón, Es Tú Opinión.

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